martes, 10 de junio de 2008

Reflexiones bajo una encina (A mi amigo Lunes)


El lunes no suele ser para casi nadie un buen día. Marca el fin del descanso y la diversión, y el regreso a la tediosa rutina laboral. “¡Oh no, mañana: lunes!” No habré dicho veces eso una tarde de domingo mientras apuraba algún libro de misterio o alguna película del Oeste (de ésas que hoy ya no ponen ni los domingos ni las fiestas de guardar).

¡Cómo cambian los tiempos! ¿Quién me iba a decir a mí que yo iba a hablar con gusto y placer de un lunes? Claro que, de un lunes muy particular. Se me llena la boca con frases hermosas y bien construidas -las suyas-, y el pecho de orgullo -el mío- por contarlo entre mis amigos más estimados.

Conozco a Lunes desde hace muchos años, desde que yo era un niño y él, el padre del que sigue siendo mi mejor amigo. Por aquellos días lo observaba con el temeroso respeto que impone a un pequeñajo de ocho años un hombre más bien serio y a todas luces disciplinado, aunque siempre cariñoso. Después, claro, fui descubriendo que tras la seriedad se agazapaba una entrañable timidez y, que la disciplina nacía del honorable deseo de dar a sus hijos lo que él nunca pudo disfrutar.

Lunes es un hombre que puede contarte mil historias de su pueblo y los colindantes, agazapados todos en esa serranía de Huelva que no por cien veces vista resulta menos seductora. Conoce a sus gentes, y pocos son los hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, que no se rindan a una charleta con él al calor de media mañana, paseando entre las paredes encaladas.

La posguerra le embargó infancia y juventud, como a tantos o tros, cerrándole a conciencia puertas tan anheladas como la de los estudios. Pero nada hay más poderoso que el corazón y el ama humana, y cuando hoy leo los textos y poemas de mi amigo Lunes, me da por pensar que la suya no sea más que una vida inventada, como si de un superhéroe se tratase, tras la que se esconde la verdadera existencia de un notable literato, de un admirable humanista, que ha querido pasar desapercibido por la vida, dando así mayor valor a su obra. Humilde y consecuente, sabe bien de dónde viene, y hacia dónde no le gustaría que nadie fuese, por lo que se esfuerza en encaminarse hacia horizontes más agradables.

¡Ironías! Ahora que los quehaceres diarios (¿y por qué no decirlo? Una niña bonita a la que no suelta) apenas me dejan disfrutar de la compañía de su hijo, he aprendido a valorar con más enjundia las tardes de charla con Lunes; a veces debate entre colegas de las letras, en ocasiones consejo con sabor paternal.

¿Y para qué hablar si nos cuida María, esa mujer cuya dulzura y bondad van más allá del universo que encierra su nombre? Decía antes que conozco a esta familia desde niño. Han pasado ya... demasiados años, pero la sonrisa de María sigue brillando tanto como el sol cuando empieza a colarse entre los chopos y las encinas de las sierra para bañar con su luz los resquicios de Encinasola. Lunes y yo hablamos, y ella pasa de vez en cuando para apostillar algo -siempre con tino-, para ofrecernos con qué refrescar nuestras gargantas o, simplemente, para observar.

Con tan grata compañera desde hace tantos años, no es de extrañar que la vida haya inspirado a mi amigo Lunes para sacar todo el jugo cada nuevo día, y apostar por pulir su espíritu, sin prejuicio de edad, para sentirse joven, vivo, enamorado de esa vida, volcando en su blog cada nuevo sentimiento, cada nueva sensación.

En mi primer libro escribí de su hijo que era el Sancho que desearía cualquier Quijote. Un día de estos tendré que sentarme y escribir algo bonito de mi amigo Lunes. Pensé hacerle un soneto pero, para qué naufragar por las complejas aguas de la poesía por las que él navega con tanta elegancia. 

¿Que a cuento de qué todo esto, querido lector? Porque no creo en eso de que a los buenos amigos no hay que decirles nada porque ya lo saben; porque creo que nunca es mal momento para regar una amistad con sentidas palabras de agradecimiento; porque, sencillamente, me apetecía decirle a mi amigo José María en cuánta estima lo tengo.

Y a su mujer, María, también.

5 comentarios:

Nils dijo...

Completamente de acuerdo en lo que dices, Javier. A los amigos hay que decirles cosas bonitas y hacerles regalos cuando no toca, porque son amigos y se lo merecen.

Fontenla dijo...

por la parte que me toca como marocho y amigo de José Maria, te felicito por tu entrañable carta y como veo que te gusta lo que huele a Encinasola te dejo esta dirección
http://marochos.blogspot.com

Javier Márquez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javier Márquez dijo...

Vaya, es una alegría leer a otro marocho por aquí, y si es amigo de José María, ¡tanto mejor!

Muchas gracias a Nils y Fontela por vuestros comentarios, y por vuestra amabilidad al pasar por el blog.

¡Ah, y conste que el comentario suprimido era mío, jeje! Nada de censura, es que aún no estoy muy ducho en esto del blog y pulsé lo que no debía...

Anónimo dijo...

En relacion con Jose Maria Santos, de Encinasola.
Nos enorgullece tenerlo como un amigo.
Deseamos que tengas muchos exitos, los cuales te mereces.
Faustino